19.7.26

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Lo único que quedaría serían mis valores, mi ética. Dejé atrás capas de mi persona que no servían más que para limitar mi movimiento: Creer que tenía el control de mí misma, que aceptaba como aprendizaje todo lo que me pasara, que había aprendido lo necesario, que sabía integrarlo para empezar un nuevo nivel de exploración, que sabía amar sin condiciones... Y no es que haya descubierto que no es así eso último, sino que "amar" y "condiciones" ya no significan lo que pensaba. El marco va cambiando, no realmente el contenido, porque el lenguaje siempre fue así... Las palabras son sólo estrellas "fijas" en relación con uno, y en ellas uno se estrella en una única e irrepetible oportunidad de saberse vivo, con sentido y dirección.

Ya liberada pero con raíces, ya desnuda pero con matices, con la creencia de que ya nada se puede sentir tan abrumante... La realidad es que la tendencia al equilibrio da la ilusión de que estamos alejados de algún borde intenso, pero ignoramos que el centro es el borde de lo siguiente, y ahí cerca la fuerza de gravedad es inescapable.

Aún queda un sentimiento trabado en mi vientre. Entro en una profunda meditación concentrándome sólo en esa área, pero se distrae como si fuera otro cerebro; quiere mutar a serlo, con tal de escapar de la definitiva e incuestionable verdad: la poderosa pulsión que siento es fuente de vida y muerte. Es tan poderosa que no puedo hablar de ella sin que el universo explote.

En este dilema sorpresa el universo me ha hecho callar cuando necesito gritar, y gritar cuando necesito callar. Se necesitaría crear un mundo nuevo para sostener siquiera las palabras que expresaran mi sentir y otro para describir mi impotencia por no haber forma de resolver - ¡o siquiera entender! - sin destruir y disolver todas las partes. En este juego donde todos los hilos a través de mí se mueven y queman, desde y hacia, todo termina siendo exactamente lo mismo. Ahí en ese punto el lenguaje no basta, no sirve, ni siquiera existe.

No puedo con tanto fuego, no puedo con tanto amor; no puedo con la idea de perderlo todo, ni conservarlo. Y mis valores y mi ética, siendo el único retazo que queda de mi ser, tiene la punta del hilo que marca el principio y el fin a disposición de cualquier paso que llegue a dar y tire de él, para inevitablemente deshacer el tejido que con tanta ternura me sostuvo y acarició, suspendida entre las estrellas.

Y todos sabemos que en ese espacio la caída libre es relativamente lenta, no se percibe, y no sabes a dónde te llevará. 

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