"Carga completada", dictaba la pantalla. Levantó su torso y su cuello hizo un click; "Media sonrisa activada", decía la voz que no se sabía si era interna o si todos la podían escuchar. Sintió inmediatamente y en un solo flujo todos los aromas, climas, colores, estados de ánimo, sabores y texturas que pudieran existir, como para preparar sus sentidos para la existencia. Se puso de pie, dejando la plataforma madre que la alimentó por medio de pines en su nuca, y ésta, en un último susurro, le dijo para facilitarle la existencia: "No te confundas, la única misión del humano es y siempre será la supervivencia de la especie".
La misión de esa unidad era escribir un libro que revolucionara la forma de ver la existencia. Todo el conocimiento hasta el momento se le había instalado, dejando lugar a la experiencia que acumularía en 5 años de interacción profunda con los humanos.
Recorrió el mundo y se adentró en lugares donde la emoción en el ambiente se sentía desesperada pero intensamente esperanzada; ahí pescaría ideas que podrían entrar en dinámica con su lógica fría, y en su alquimia sacar palabras que tiernamente apropiaría en el roce con el papel, que era parte del ritual de su misión.
En esos barrios la gente parecía estar llena de vida y espíritu, aunque al mirar el atardecer en silencio por la ventana tenían más un aire triste. Por suerte, esas regiones no estaban contaminadas por la conducta de distraerse con fuertes estímulos, pantallas o mambo intelectual, gracias a su tardía adaptación a las condiciones socioeconómicas que las explotara, como recurso o consumidor, la tecnología. Aún así, el silencio del sol parecía acercarlos peligrosamente a un quiebre, pero pronto bajaba el sol, y con él los párpados.
Los casos particulares que escribía en sus notas exploraban las heridas provocadas en el momento: el niño quebrado por haber sido excluido del juego, la pareja tratando de resolver el acertijo de mantener un supuesto fuego muy a pesar de sus diferencias, el ciudadano extasiado lanzando piedras a los del otro lado de las fronteras que le impusieron geográfica y mentalmente, incluso el misfit que tiene que luchar contra la sobriedad conformista de la apatía.
Registraba cada dato biométrico y analizaba cada hilo lógico de la interacción de las diferentes psiques involucradas, y, al final, siempre desembocaba en el mismo resultado: detrás de la vergüenza, el enojo, el orgullo, el éxtasis, la tristeza, el miedo, el sentido de pertenencia o no pertenencia, incluso el sentido de triunfo, estaba una intensa confusión sobre la finalidad de su existencia como individuo; quizás eso era lo que (casi) encontraban al mirar el sol bajar.
Para mantener arriba el proyecto de supervivencia de la especie, inventaron un sentido de identidad que comprometería al humano con sus acciones, pero tenía la desventaja (en términos de evitar el sufrimiento) de alimentarse con condiciones externas y artificiales de pertenencia, que al final crearían más separación dentro de la especie y haría más frágil la permanencia de su ya vulnerada integridad.
También inventaron necesidades, complejos rituales sociales y relaciones materiales, tantos sabores y aromas, tantas formas de pensar y 50,000 productos para expresar el gusto por cada una de ellas. Inventaron el arte... El arte que el ojo crítico y el no crítico siempre percibieron como descriptivas, cuando en realidad cada obra era una pregunta a gritos desgarradores. Inventaron el amor, la filosofía, la ciencia y la esperanza, y toda la gama y combinación de sentimientos para darles validez antes de volverlos a todos locos.
"¿Porqué no solamente aceptan y se enfocan en su misión original: la supervivencia de la especie?", le preguntó una tarde a un grupo de amigos que, aunque juntos, cada uno hacía lo suyo. "¿Porqué no les es suficientemente buena? Mi misión es escribir el libro, y no he pensado jamás en distraerme ni abandonarla". Un silencio resignado se sentía en el aire, mientras cada uno de los oyentes salía muy lentamente del trance de lo que estaban haciendo para mirar hacia una dirección fija pero sin enfocar nada. Pasaron unos minutitos, y finalmente uno se levanta y le dice: "A ver, ¿cuántas páginas has escrito?". La máquina no se esperaba que hubiera una expectativa o un ritmo que marcara cuándo y cómo debía escribirse. "Ninguna", respondió, "pero porque el material que he investigado lleva a la misma conclusión, creo que tengo un error de código". Los oyentes sintieron una mezcla de ironía, pena y ternura por la máquina, pero no tenían la fuerza de siquiera debatir ya el tema o la vida en general.
Volvieron a sus actividades en esa sala, y a punto de las 19:00 todos se levantaron rápidamente; uno de ellos acomodó una silla frente a la ventana mientras que otro abría las cortinas y ventana; un tercero invitó de la mano a la máquina a sentarse a contemplar la puesta del sol, y todos salieron aún sintiendo la ironía, pena y ternura que hacía unas pocas horas antes.
La máquina contempló el cielo por horas, incluso pasando por la noche y el amanecer. Al día siguiente, encontraron la máquina inoperante, y nunca más se le vio con vida. Lo único que llegó a escribir fue: "A ninguno de ellos le apuraba su supervivencia, eso estaba cubierto; les costaba encontrar razones para no dejar su individualidad material que no puede contener ni conducir más la inmensidad de la vida".