4.6.26

El arte de ser.

La penumbra marcada como zona de guerra, ¿contra quién o qué? Ni en la penumbra escapo, ni en el limbo pertenezco, ni en la claridad soy (¡y mucho menos!).

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Acá se tiene que ser más listo que el lenguaje, que cuando queramos estar lo más cerca o lo más lejos, estemos las dos cosas al mismo tiempo: recorrer el mundo entero para llegar al punto más lejano de uno mismo, justo detrás de uno, y ahí, con suerte, encontrar ocurrido un choque, "repulsión" en su sentido puro, y al punto negativo que nos separa decirle: "Estas son las palabras para desaparecerte, para colarme con el otro, afinar sus circuitos, calibrar sus conductos para que me alcancen, para que sean míos y los míos suyos". 

En ese punto de más sabe (sin saber que sabe o no sabe cosas) ese vacío que el que los conductos de uno se vuelvan del otro no es más que una positiva (e inocente) expresión de algo que ocurre sólo negativamente: no es que se modifiquen ciertos llamados conductos, ni que se sumen dos seres, esas opciones requerirían una energía que no existe en el universo, la única vía es que solamente dejen de existir en su separación. Sólo en ese ejercicio el vacío desaparece, porque en realidad nunca existió, sólo era una especie de artefacto para poder movernos, ingenuamente, de nuestra eternidad.

Al vacío se lo pides y te lo otorga sin más, sin juicio, sin titubear. Es el premio por haberle dado una efímera existencia con tu observación y una eterna potencialidad convirtiéndote a través de él en tu observador, guardián, salvador, impulso, energía, real fuente de vida, que no está sólo arriba, ni sólo detrás, sino en cualquier lugar donde puedas verte en tu inmaterialidad.