Me quedé parada mirando fijo a una esquina de lo que parecía un edificio invisible, de donde se asomaba una sombra que claramente me miraba de vuelta. Se sintió irreal, como un zumbido silencioso en el aire acompañado de un calambre cerebral, una total desconexión lógica, un intento de ignorar el estímulo y rellenar con el entorno. El semáforo del cruce cambió y la gente a mi alrededor logró dispersar esa imagen de mi campo visual. Caminé tras ellos con la sensación de que no tenía sentido lo que estaba haciendo, pero me dejé fluir incluso por la banalidad del acto; yo ya había alcanzado ese nivel de aceptación...
Mientras caminaba, una energía obscura se iba sintiendo dentro de mí, como si aquella sombra estuviera dentro. No se sentía como entrando, creciendo o generándose, sino como que siempre estuvo ahí y lo que sentía era esa sustancia ganar más presencia que mi cuerpo material. Mis caminos hasta el momento habían sido limpios, tranquilos, aunque en retrospectiva se podría decir que sólo era ignorante o evasiva. Por más que innovaba, mi vida encontraba la forma de volverse automática, y esta vez, al volverme consciente de ello, sentí y hasta escuché un apagón emocional y de personalidad repentino.
La lluvia era lo único que me hacía sentir el cuerpo mientras se lo llevaba capa por capa. Me costaba sostener la noción de mí misma, y mi cara se sentía como una máscara de piedra que por su peso desalineó toda vía respiratoria, sanguínea, linfática; apenas sentía unas fibras por debajo de mi piel que sostenían su estructura con sus últimos esfuerzos, esperando que mi expresión no se viera tan extraña.
Llegué a casa sin cuerpo, sólo quedaba la pesada máscara. La retiro y veo que su expresión es de agonía. Me sentí mal por ella, pero aliviada de verla ya separada de mí. La colgué en el balcón, y el sol, el viento y la lluvia se la comieron capa por capa, suavizando su expresión mientras se acercaba su final definitivo.
En cuanto a mi nuevo pseudo cuerpo, tardé en acostumbrarme a cambiar las estructuras rígidas por unas flexibles. A veces sentía miedo, y mi pulso se aceleraba tanto a través de todas las dimensiones que casi se volvía la perpetuidad que permitía la génesis de la materia, pero recordaba la expresión de agonía de mi antigua máscara, esa expresión de estar sosteniendo la vida pasar a través de ella, y volvía mi agradecimiento por tener mi estructura molecular tan dinámica y vaporosa. Esa misma característica me permitía una interacción tan limpia y profunda con similares, que en nuestro choque se integraban partículas que podrían hasta crear nuevas formas de vida, como dos galaxias colisionando; también me generaba una especial sensibilidad a la materia a punto de quebrar de otras personas, a las cuales en su cristalizada cotidianidad sorprendo desde las rendijas que unen su universo con el nuestro, con la esperanza de despertar en sus células el recuerdo...