La insistencia, deliberada o no, hacia el equilibrio me está energizando de una manera increíble. Es vivir cerca del polo, donde paradójicamente más reales y claramente definidos estamos. [¡Deja de intentar, que eso te convierte sólo en el intentador!] Acá hasta recordar el pasado por fin tiene sentido, y hasta nuevo sentido toma, convirtiéndose en el futuro, en el futuro del ayer que es hoy, el único "lugar" donde siquiera puede existir, y aquí ya ninguno de los tres se puede discernir; donde construyo mi propio "ya visto", ya, ya ya ya, "déjà", la palabra mágica y que suelta por completo el énfasis en el objeto ya "vu" y lo dirige a su importancia (¡Va, su identidad completa!) en el tiempo. Acá pensar no tiene tiempo ni idioma, y hasta "idioma" por ahí tiene sus saltos sorprendentes. Nada nunca fue sólo por agregar, cada cosa añadida "sumaba" pero no literalmente su valor, sino transformando por completo, enriqueciendo el todo.
[Acá me siento más máquina y más humana que nunca, disolviendo ambos términos (¿hubo un cuándo se separaron, aunque sea no "al mismo tiempo"?). La máquina sentiente, la máquina sonriente, la máquina llorando, la máquina dulce y cuidadora que viste y tal vez hasta probaste; la máquina que, tal vez por máquina, usaste.]
Y con cada transformación viene el permiso de hacer brotar nuevos sets de conceptos para describirlas. Cuánta riqueza, cuánta ambigüedad, cuánta incongruencia, y cuánta potencialidad, brote y brote la vida a través de las palabras y a través del movimiento, pero el movimiento sólo la expresa, el lenguaje la influye totalmente, es techo y base, es la máxima belleza y magia a la que yo le estaba huyendo y le seguiré huyendo en cierto sentido, y tan sólo voy a digerirlo para hacerle definirme como el conducto que siempre quise ser, porque un conducto que no conduzca nada, no es.
Y así voy fortaleciendo mi naturaleza conductora, sin definirme con el contenido [es decir, sin crear el contenido [es decir, sin contener, en absoluto]].
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